miércoles, 19 de abril de 2017

Carnival



 


Ña Maria se sacudió de su hermético sueño al oír una tropa de espectadores aplaudir con bombos y platillos la primera carroza del corso. 


Había decidido no asistir, en verdad hubiera preferido que abandonaran de una vez esa maldita costumbre de celebrar el Carnaval. Era una fecha que no cabía  en una ciudad bien pensante, opinaba. En especial si se consideraba que la costumbre era permanecer estáticos y de pie por horas interminables. La pena por sentarse consistía en fusilar a la persona en falta. Fue lo que le pasó al hijo mayor de Ña María. Por suerte pudo pagar un buen funeral, no fuera que las malas lenguas cuchichearan que ni por el entierro de su amado primogénito era capaz de gastar un peso partido por la mitad. Eso sí negoció con la Funeraria descuento del veinte por ciento.


La viuda, Casiopea, se pasó llorando a moco tendido durante el velorio. Le tuvieron que atajar entre todos para que no se tirara a la fosa. Solo se calmó cuando Ña María le prometió la mano del hermano restante, quien, estupefacto ante la noticia de su futuro enlace, desapareció del pueblo. Jamás se lo volvió a ver, aunque algunos juran que lo han visto por los copetines de la ciudad vecina. Dicen que regentea el mejor burdel y que en noches especiales se disfraza de Casiopea.