viernes, 24 de noviembre de 2017



Vivo las reglas desde que recuerdo. No abrir la puerta. Pensé tatuármelas en el vientre. No atender el teléfono. Descarté esa idea al instante. Vestir siempre igual. No puedo arriesgarme a ser detectada. Usar pañoleta, pero no miriñaque. Sólo una vez fallé. Evitar las esquinas, los bares cercanos y la estación de tren. Fue en abril, ese mes de poca monta. Me presenté al bar según lo acordado, pedí café. Tal vez dudé y el olor me denunció. No usar tarjeta de crédito, manejarse solo al contado. La moza me miró un instante más de lo esperado. Atiné a pedir la cuenta y salí a la calle. Mientras tanto entraron al bar y se llevaron a todos. Comer sólo en las terminales. Me han dicho que nadie ha vuelto

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